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Dile que no me
huya, amor, y dile
que no me vuelva a herir, que no me aparte,
que soy el brillo húmedo en sus ojos
y el latido en su sangre.
Dile que no me aleje, amor, y dile
que yo soy el umbral de su morada,
el agua de su ser
y aquel único pan para su hambre,
Dile que no se oculte, amor, y dile
que ya no tengo rostro ni señales
de haber vivido antes de quererme.
De haber vivido, antes.
Dile que no recuerde y dile
que no respire, amor, sin respirarme.
El hombre llega,
amor, el hombre pasa.
Es un grito en la noche o una oscura
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soledad o una
urgencia de ternura.
Es un viajero, llega hasta la casa,
toma la sal y el vino de la hogaza,
toma el agua y la fruta ya madura,
descubre el lecho que el cansancio
cura pero es un
huésped, que
el partir
desplaza.
Toda necesidad de amor, lo crea:
le asigna rostro y piel, y le moldea
un alma de infinito en el instante.
Pero no deja de nada a su paso:
una breve sorpresa, un llanto escaso.
Si ha quedado el poema, ya es bastante.
Julia
Prilutzky Farny
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